El volcán «contenido»

Érase una vez un volcán que tenía un corcho en su cráter.

Nació con él ya incrustado.

Los volcanes adultos palmeaban aprobadores sobre el corchito indicándole lo peligroso que podía ser que se lo quitara. Y como nuestro volcancito era muy responsable y deseaba agradar,  ni se le pasaba la idea de sacar el tapón de su cima, aunque a él le asfixiaba un poco.

Pasó de este modo la mayor parte de su vida, siempre consciente de la necesidad de mantener aquel corcho que contenía el fuego, la lava, las rocas ardientes y el humo, que pugnaban por salir constantemente y que eran convenientemente frenados… casi siempre.

Y digo casi siempre, porque según el volcán fue creciendo, cada vez le era más difícil evitar tener una erupción que destruyese las tierras colindantes o a sus habitantes. Pero además, según crecía, el corcho iba quedándole cada vez más pequeño, por lo que por los bordes salían, muy a su pesar, algunas diminutas rocas disparadas, humo casi constantemente y lava ardiente…

Así que, nuestro protagonista, se esforzaba en sujetar fuertemente el corcho, para evitar escapes. Aunque sus esfuerzos eran infructuosos, ya que al apretar más el corcho, se le iban abriendo grietas en sus laderas por las que resbalaba la lava.

Aquello le generaba gran dolor y mucho daño, pero obstinadamente continúo empeñado en tapar las grietas con más corchitos, que era lo que sabía que tenía que hacer.

Lleno de corchitos en sus laderas, magullado, herido y siempre a punto de estallar, no tardó en llamar la atención de muchos visitantes que llegaban hasta allí atraídos al escuchar hablar sobre la existencia de un extraordinario volcán “contenido”.

Entre tantos visitantes, algunos ecologistas creían que el volcán debería liberarse y otros, mucho más prácticos y conservadores, comentaban que así estaba genial aquel volcán, tan mono, con aquel gran corcho en su cráter y tantos corchitos en sus laderas, incluso, decían, que todos los volcanes del mundo deberían seguir su ejemplo.798px-Colima_volcano_aero_colors_adjusted

Un día, al pie de su ladera, en el mar, surgió inesperadamente un pequeño volcancito. El gran volcán rugió de satisfacción al observar al pequeñín escupir sus primeros chorritos de lava, lo noto hincharse y extenderse abarcando y calentando toda la tierra a su alrededor, contento y sin dudar de lo que hacía, y algo tembló en su interior…

A la vez que esto sucedía los volcanes más viejos y apagados que estaban en las cercanías llamaron al pequeño nuevo volcán y le entregaron un corcho.

Al ver esto, el volcán estalló. No pudo evitarlo.

Todos los corchitos de sus laderas salieron disparados por los aires, los visitantes corrieron despavoridos para ponerse a salvo de lo  que, parecía, iba a ser la erupción más violenta que nadie podía recordar. El suelo tembló, el cielo se oscureció y un estruendo sobrehumano se percibió desde las mismas entrañas de la tierra, hasta que una explosión poderosísima lanzó al corcho desde el cráter hasta más allá de lo que la vista podía alcanzar y entonces…

Cuentan testigos que allí se hallaban, que se oyó como una respiración profunda, como un viejo suspiro de dolor y placer mezclado, y dicen que el gran volcán abrió un canal entre él y el volcancito por donde la lava corrió hacia el mar, mezclándose amorosamente con la lava del chiquitín, que juguetón lanzaba rocas al aire orgulloso de ser quien era, así como el corcho que los viejos volcanes apagados le entregaran…

Dicen, que allí donde esto ocurrió la tierra es fértil, cálida y que muchos humanos viven ahora al abrigo de estos volcanes…

Y dicen también que allí, todo el mundo expresa siempre lo que siente y que cuando alguien es reprimido ruge y tiembla suavemente la tierra, sacudida por los volcanes, en sutil advertencia.

Volcanes

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